Llevo un tiempo pensando que los videojuegos de sigilo – o al menos, los más recientes – tienen un problema. Un problema de complejidad, para ser más exactos. Lo que no sabía es que necesitábamos a James Bond para solucionarlo.
Llevo un tiempo pensando que los videojuegos de sigilo – o al menos, los más recientes – tienen un problema. Un problema de complejidad, para ser más exactos. Lo que no sabía es que necesitábamos a James Bond para solucionarlo.