
La primera sensación que te asalta al jugar a Xenoblade Chronicles es la incredulidad. Es algo que comienza a rondarte mientras das tus primeros paseos por la Colonia 9, ese poblado natal que funciona como siempre lo han hecho este tipo de localizaciones en los juegos de rol japoneses; un lugar en el que todo el mundo te conoce, en el que los lugareños te saludan al pasar o detienen su rutina mañanera para explicarte los fundamentos del juego, aunque en esta ocasión las acostumbradas cuatro callejuelas mal contadas den paso a un intrincado laberinto que conecta varios distritos suspendidos sobre el lecho de un inmenso lago. Es lo que te golpea cuando subes la interminable escalinata hacia el mirador y reparas en la verdadera dimensión de todo el complejo, y lo que termina de tumbarte cuando el argumento por fin te anima a poner un pie delante del otro, cuando sales a campo abierto y entiendes que todo esto no era más que una anécdota.
En Xenoblade Chronicles es realmente frecuente no dar crédito a lo que ves. Es un juego que maneja, manejaba, conceptos como la escala o ese «sense of wonder» del que suelen hablar los ingleses con una ambición totalmente inédita en el género, en el videojuego mismo; un juego que le saca los colores a quien haga falta, que señala con el dedo incluso a las luminarias del triple A y a los mundos abiertos de nuestros días, porque su propuesta no se basa solo en arrojarnos kilómetros a la cara. No. Xenoblade Chronicles es distancia, pero también es verticalidad, son cordilleras interminables, son escalinatas labradas en piedra, islas flotantes, cañones de centenares de metros de profundidad y grutas que discurren por el ombligo del mundo (en ocasiones de manera literal, pero esto lo veremos más adelante) para devolverte al exterior en el lugar de nacimiento de una cascada. Es vértigo, es sorpresa y es maravilla, y hacer las paces con la idea de que algo así fuera posible en Wii sobre mediados del 2010 nos llevará casi tantas horas como dar carpetazo a una aventura igual de excesiva en metraje que en absolutamente todo lo demás.
Como digo todo esto ya sucedía entonces, pero esa coletilla de edición definitiva que acompaña al título y a esta versión de Nintendo Switch es por algo, vaya que sí. Quien piense que Monolith se ha limitado a tirar de galones y que este relanzamiento es otro de tantos, una nueva intentona de aprovechar el tirón de la plataforma para recalentar éxitos del pasado y limitarse a vivir de las rentas podría estar en lo cierto, porque Xenoblade Chronicles sigue hoy igual de vigente que entonces. Más allá del acostumbrado estirón HD hacían falta pocos remiendos para sacar esto al mercado el año que hiciera falta y sentarse a competir por el GOTY, y por eso hay que agradecerle al estudio que lo que han entregado aquí discurra, al menos en el aspecto técnico, por esa borrosa línea que separa al remake del remaster.